Otoño caduco

Llegó el otoño y comenzó el curso. Terminó septiembre, celebración del Día del Traductor de por medio (y el de los correctores, y el de las bibliotecas), se nos escapó octubre y nos tropezamos con un noviembre de chubascos irregulares y botas de agua. En Aranjuez los días del calendario se nos van más despacio de lo que querríamos, pero más aprisa de lo que nos pensamos. E Interferencias despierta un poco tarde y desacompasado (pero ahora, ¡lo prometemos!, es solo cogerle el ritmo).

¿Qué nos hemos perdido? ¿Qué vendrá? ¿Qué hacemos mientras?

De bueno, bueno, nos perdimos la Bienvenida (primera de muchas, dicen por ahí) al CES, y una bonita mañana donde se celebró el Día del Traductor. Aquí tenemos la crónica de aquel día, de Tania López (me cuentan que eligió Traducción en tercero y que ha vuelto a la poesía francesa). También nos despedimos de la antigua Licenciatura: nos quedamos con las palabras de Begoña y su despedida, su hasta siempre y nuestro «vuelve pronto»

Los (no tan) difíciles comienzos en el mundo de la traducción y la interpretación

Para empezar este curso con buen pie, el CES Felipe II acogió el pasado 9 de octubre la mesa redonda Los (no tan) difíciles comienzos en el mundo de la traducción y la interpretación, que nos adentró en el mundo profesional con las ponencias de Elena Bernardo Gil (Asetrad), Isabel García Adánez (ACE Traductores), Leire Prieto Zapardiel (AETI) y Carlos Rubio López de la Llave, profesor del centro. Provienen de entornos diferentes pero muy relacionados entre sí, y si algo nos dejaron muy claro fue que, entre traductores, la solidaridad y el compañerismo tienen mucho peso.

Carlos Rubio rompió el hielo con varias anécdotas relativas al japonés e hizo elogio de la intuición, herramienta esencial a la hora de enfrentarse con una traducción lírica. Las tres traductoras pertenecientes a asociaciones, por su parte, nos dieron razones de sobra para afiliarnos. Ser miembro de una asociación de traductores da acceso, por ejemplo, a las útiles listas de distribución, que contienen las direcciones e-mail de cientos de traductores profesionales. Permite estar al corriente de las actividades de la asociación, participar en el foro y, a veces, también acceder a ofertas de trabajo o recibir asesoramiento jurídico al respecto. ACE Traductores nos instó también a contactar con ellos para cualquier consulta relativa a la traducción in-house o freelance.

No me olvido de mencionar a la alumna Leire Prieto Zapardiel, que habló en calidad de tesorera de la Asociación de Estudiantes de Traducción e Interpretación. Dicha asociación se fundó durante el Encuentro Nacional de Estudiantes de Traducción e Interpretación (ENETI) de este año en Córdoba, y se propone salvar el escalón entre la profesión y los estudios superiores que conducen a ella. La AETI asesora y orienta a los pretraductores al tiempo que presenta una iniciativa de gran valor, la AETI Solidaria, cuyo objetivo es traducir e interpretar de manera voluntaria para pequeñas ONG.

Entre dato y dato, los ponentes también supieron mostrarse cercanos relatando alguna de sus vivencias «traductoriles» y arrojando esperanza en nuestros futuros. Ya nos lo dijo Margaret Clark, vocal de Asetrad y portavoz de la mesa redonda: en estos tiempos inciertos, tenemos mucha más suerte que los demás. Al fin y al cabo, si emigramos, lo haremos por gusto, nunca por obligación. Y esa es solo una de nuestras ventajas.

 

Tania López, traductora en ciernes

 

 

 

Despedida

Me llamo Bego y estoy a punto de licenciarme en Traducción e Interpretación en el CES Felipe II, que, según el mapa, es un centro adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Esto ocurrirá en septiembre, porque soy un desastre. La cosa es que después de seis años (ja), me licencio. Soy de la última promoción de Licenciatura. Me he hecho 2 orlas, 1 con birrete, 1 sin birrete, he asistido a 0 cenas de despedida, a 0 ceremonias de graduación y a no demasiadas clases. He resistido en nuestro centro durante seis maravillosos años que no cambiaría por nada del mundo. Algunos me conoceréis porque he sido muy dada a repetir asignaturas, a ponerme el pelo de colorinchis y carteles de conciertos en el corcho, a hacer novillos en la cámara de gas y a calentar mi deliciosa sopa de lentejas 100 % vegetal (odiada por muchos) en el microondas. Pero probablemente sepáis quién soy porque lo que más hago es preguntar a desconocidos de Grado por Leire o si alguien va a Toledo en coche a una hora prudente.

Traducción e Interpretación es una carrera muy especial. Aunque no sea de empollar mucho, te curte y hace que adquieras destrezas y conocimientos increíblemente variados y, por qué no decirlo, únicos. Es más, hace que te conviertas en una bestia hambrienta de conocimientos de todo tipo, no solo lingüísticos. Es una carrera que transmite valores, como el de la humildad. Aunque es cierto que a muchos les transmite el de la pedantería, pero esto debe de pasar en casi todas las carreras.

Nuestros profesores nos han enseñado a pulir cada entrega al máximo, a cultivar cada frase, a escoger la palabra pluscuamperfecta y a no querer ser unos ignorantes. Esto último es muy importante porque, no sé qué opinión tendréis del mundo, o de nuestro país, pero creo que está todo plagado de ignorantes y por eso funciona tan mal (si creéis que no son tantos, haced memoria: ¿cuántas veces en vuestra vida os han mandado al cuerno por una corrección puntual bienintencionada?). Debemos estar agradecidos por todas las correcciones que nuestros profesores nos han hecho, porque gracias a ellas SABEMOS.

El esfuerzo, la humildad y la sed de conocimiento tienen su recompensa en el trabajo bien hecho, y nos dan la posibilidad de mejorar nuestro entorno. Recordad que nuestra función no es solo mediar entre lenguas, sino también entre países y culturas.

En seis años he tenido la oportunidad de compartir aula con compañeros geniales y listísimos. Me acuerdo de que los dos primeros años de carrera me sentía literalmente idiota al lado de otros compis, que llegaban hablando inglés con acentos guapos, sabiendo palabras guays, habiendo viajado a otros países o vivido en ellos, o simplemente con títulos de la escuela de idiomas.

Yo aprendí inglés porque de pequeña quería saber lo que decían las letras de Dover (cuando Dover molaba, cuando yo tenía diez años, cuando los delfines vivían en tierra firme) y lo básico de alemán gracias a que podía sintonizar la MTV de Alemania, en la que ponían musicote (luego fracasé y me tuve que cambiar a francés, ¡menudo cisco en Secretaría!); aunque este año, si me sobra algo de tiempo mientras hago el máster, intentaré proseguir con mis estudios de alemán porque es mi idioma favorito del mundo mundial). Aprendí francés porque me tocó en el cole, como a la mayoría. Tampoco debo de ser la única que destacó, en la historia de su centenario colegio de provincia, como la mejor conocedora de idiomas.

Si alguno de vosotros ha llegado tan desorientado como llegué yo, que no se preocupe, porque en el CES acabas aprendiendo todo maravillosamente y siempre sabes más de lo que crees. Aunque, si algo he aprendido estudiando Traducción en el CES, es que no hay que quedarse mucho tiempo en el mismo lado y que crecer es inevitable. No hace falta que os desee buena suerte porque para nosotros, los traductores e intérpretes, hay hueco en cualquier parte del cosmos. Solo os pido que disfrutéis de la carrera, que (como me pasó a mí) os hagáis personas, que aprendáis todo lo que podáis y que seáis muy felices traduciendo, interpretando, enseñando o estudiando otra carrera más para ser más listos, Wert mediante.

 

Begoña,  última generación de Licenciados en el CES

 

 

Gracias a nuestros colaboradores, por la paciencia. A los chicos de Interferencias, por seguir ahí soportando el proyecto. A ti, lector, por esperarnos mientras nos acostumbrábamos al ritmo del nuevo curso.

La semana que viene comenzamos con un ciclo de artículos sobre traducción literaria. No te lo pierdas.

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